
La mayor parte de las familias percibe ingresos por debajo del promedio nacional, según un estudio privado. Cómo impacta en el consumo.
El ingreso promedio se ubicó en $2.800.000 mensuales netos durante el primer trimestre de 2026. No obstante, la distribución muestra una marcada disparidad: el 78% de los hogares se encuentra por debajo de ese umbral. De este modo, casi 8 de cada 10 se concentran en los segmentos que van de la clase media baja a la baja.
Así surge de un informe de la Fundación Encuentro en base a datos de la consultora W. En la cima de la pirámide se observa el segmento ABC1, que representa apenas el 5% de la población. Para formar parte de este grupo se necesitan al menos $7,5 millones mensuales.
La clase media alta (C2) reúne al 17% y el piso de ingresos se sitúa en $4 millones. Le sigue la clase media baja, que abarca otro 26% y parte desde los $2,2 millones.
El sector más extendido es el D1 (clase baja superior no pobre), que alcanza al 31%. El monto mínimo mensual requerido llega a los $1,4 millones.
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En el último escalón aparece un 21% de hogares en situación de pobreza, con ingresos de $900.000 por mes.
“La concentración de los ingresos por debajo del promedio ayuda a explicar por qué el consumo masivo sigue deprimido, aun cuando las variables macroeconómicas vienen mejorando: la inflación se desaceleró y los salarios reales comenzaron a recomponerse. Sin embargo, es precisamente ese 78% de los hogares el que presenta una mayor propensión al consumo”, señaló el informe.
En este contexto, el director de la consultora W, Guillermo Olivetto, explicó durante un evento de la Cámara de Empresas de Investigación Social y de Mercado (CEIM) que el ajuste es transversal a todos los niveles socioeconómicos.
La estrategia de los estratos de mayor poder adquisitivo consiste en controlar los gastos, reducir el uso de servicios y revisar costos fijos como seguros y prepagas.
También se restringen salidas, recitales, viajes y suscripciones a aplicaciones, al tiempo que la búsqueda de ofertas y promociones se vuelve cada vez más frecuente. Todo esto en un marco de caída en la capacidad de ahorro.
Luego, se encuentran las familias cuyos recursos se enfocan en cubrir las necesidades básicas, principalmente alimentación e impuestos, mientras buscan evitar el endeudamiento con tarjetas de crédito.

Para equilibrar las cuentas, se limitan actividades como viajes, salidas y recitales, además de recortarse gastos fijos. Los llamados “gustos” y los consumos considerados no esenciales quedan relegados. En este caso, los productos con descuento dejan de ser una alternativa ocasional.
La situación se vuelve más crítica para los hogares que “tienen que hacer malabares para llegar a fin de mes”. Cualquier gasto imprevisto puede “romper la economía familiar”.
Las compras se orientan casi exclusivamente hacia productos en oferta y crece la toma de deuda para “tapar baches”.
En el nivel más vulnerable, “se come menos y peor”, con casos donde se registra una reducción significativa de las comidas diarias.
Asimismo, cambia la composición de la dieta: la carne vacuna es reemplazada por pollo, las verduras por productos más económicos como la harina y la leche líquida por leche en polvo.
Para Olivetto, terminó la etapa diagnóstica. “Es lo que hay”, dijo el especialista en relación a las perspectivas de consumo.
Esteban Cagnoli, CEO de Worldpanel by Numerator, aseguró: “El consumidor se muestra cada vez más selectivo y prioriza los canales de cercanía. La elección no responde únicamente a una cuestión de comodidad, sino también a una estrategia para evitar compras impulsivas y concentrarse en una canasta más acotada”.
La consultora Scentia planteó que, si la inflación mantiene su tendencia a la baja y los salarios logran recuperarse, el consumo masivo podría acompañar la evolución del PBI, aunque a la mitad de su ritmo. En ese escenario, se ubicaría en una banda de entre -1% y +1%.
Fuente: https://www.infobae.com/






